domingo, 22 de abril de 2018

La fábula de Higinio



Cayo Julio Higinio (Valencia, 64 a.C. - 17) fué un famoso escritor hispano-latino. Nació esclavo, fué liberado por Augusto debido a su inteligencia y llegó a estar a cargo de la Biblioteca Palatina, en cuyas aulas enseñó Filosofía

Es conocido por dos obras, una «Astronomía poética», en la que describe la mayoría de las grandes constelaciones, vistas como los animales y seres mitológicos que les dan los nombres con los que las conocemos aún hoy en día, tal y como se ve en la ilustración medieval de más arriba, y una colección de «Fábulas mitológicas». Una de esas fábulas, que impresionó especialmente a Heidegger, versa sobre el origen del ser humano. Vale la pena reproducirla aquí:

Estaba un día Cura (el cuidado) atravesando un río y al ver gran cantidad de arcilla, cogió una buena porción y distraídamente, comenzó a modelar una figura. Mientras pensaba para sí qué había hecho, se acercó Júpiter. Cura le pidió que infundiese espíritu al trozo de arcilla modelado y Júpiter le concedió ese deseo. 

Pero al querer Cura ponerle nombre a su obra, Júpiter se lo prohibió, diciendo que debía ponerle nombre él que le había infundido vida. Mientras Cura y Júpiter discutían sobre quién debía ponerle nombre, se levantó la Tierra (Tellus) y dijo que solo a ella le correspondía darle nombre al nuevo ser, puesto que ella le había dado el cuerpo. La discusión se prolongó largo tiempo, hasta que los litigantes escogieron por juez a Saturno, el dios del tiempo, que dictó la siguiente sentencia: 

Tú, Júpiter, por haber puesto el espíritu, lo recibirás a su muerte; tú, Tierra, por haber ofrecido el cuerpo, recibirás el cuerpo. Pero por haber sido Cura quien primero dio forma a este ser, será quien lo posea mientras viva. Y en cuanto al litigio sobre el nombre, que se llame homo, puesto que está hecho de humus (tierra).

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 21 de abril de 2018

En el bosque - Guy de Maupassant


Guy de Maupassant (Dieppe,1850-1893) es uno de los grandes escritores de relatos. Escribió unos 300 cuentos en sus 43 años de vida que son una verdadera maravilla. Se dice que era capaz de dictar hasta tres cuentos simultáneamente a otras tantas secretarias. 

Encuadrado en la escuela naturalista, es a la vez un narrador preciso, casi fotográfico, escueto y de una profundidad psicológica asombrosa. He encontrado este curioso cuento y no he podido resistir la tentación de publicarlo aquí.


En el bosque 

El alcalde iba a sentarse a la mesa para almorzar cuando le avisaron que el guarda rural lo esperaba en el Ayuntamiento con dos presos.

Se dirigió allá de inmediato, y divisó en efecto a su guarda rural, el tío Hochedur, de pie y vigilando con aire severo a una pareja de maduros burgueses.

El hombre, un tipo gordo, de nariz roja y pelo blanco, parecía abrumado; mientras que la mujer, una abuelita endomingada, muy rechoncha, muy gorda, de mejillas brillantes, miraba con ojos de desafío al agente de la autoridad que los había cautivado.

El alcalde preguntó:

-Qué pasa, tío Hochedur?

El guarda rural hizo su declaración.

Había salido por la mañana, a la hora de costumbre, para realizar su ronda por los bosques de Champioux hasta el límite de Argenteuil. No había observado nada insólito en la campiña, salvo que hacía buen tiempo y que los trigos iban bien, cuando el hijo de los Bredel, que binaba su viña, le había gritado:

-¡Eh, tío Hochedur!, vaya a ver en la linde del bosque, en el primer bosquecillo, encontrará un par de pichones que muy bien pueden tener ciento treinta años entre los dos.

Había salido en la dirección indicada; había entrado en la espesura y había oído palabras y suspiros que le hicieron suponer un flagrante delito de malas costumbres. Así, pues, avanzando a gatas como para sorprender a un furtivo, había apresado a la presente pareja en el momento en que se abandonaba a sus instintos.

El alcalde examinó estupefacto a los culpables. El hombre contaba unos sesenta años y la mujer por lo menos cincuenta y cinco. Se puso a interrogarlos, empezando por el varón, que respondía con una voz tan débil que apenas se le oía.

-¿Su nombre?

-Nicolás Beaurain.

-¿Profesión?

-Mercero, calle de los Mártires, en París.

-¿Qué hacía usted en ese bosque?

El mercero permaneció mudo, los ojos bajos sobre su grueso vientre, las manos pegadas a los muslos. El alcalde prosiguió:

-¿Niega usted lo que afirma el agente de la autoridad municipal?

-No, señor.

-Entonces, ¿confiesa?

-Sí, señor.

-¿Qué tiene que alegar en su defensa?

-Nada, señor.

-¿Dónde encontró usted a su cómplice?

-Es mi mujer, señor.

-¿Su mujer?

-Sí, señor.

-Entonces…, entonces…, ¿no viven ustedes juntos… en París?

-Perdón, señor, ¡vivimos juntos!

-Pero… entonces… está usted loco, loco de remate, mi querido señor, al venir a que lo pesquen así, en pleno campo, a las diez de la mañana.

El mercero parecía a punto de llorar de vergüenza.

Murmuró:

-¡Es ella la que quiso! Yo le decía que era una estupidez. Pero cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza…, ya sabe usted…, no hay manera…

El alcalde, a quien le gustaban las bromas picantes, sonrió y replicó:

-En su caso, parece que ocurrió lo contrario. No estarían ustedes aquí si solo se le hubiera metido algo en la cabeza.

Entonces el señor Beaurain, encolerizado, se volvió hacia su mujer:

-¿Ves adónde hemos llegado con tu poesía? ¿Eh? ¡Estamos frescos! Nos llevarán a los tribunales, ahora, a nuestra edad, ¡por atentado contra las buenas costumbres! ¡Y tendremos que cerrar la tienda, perder la clientela y cambiar de barrio! ¡Estamos frescos!
La señora Beaurain se levantó y, sin mirar a su marido, se explicó sin cortedad, sin vanos pudores, casi sin vacilar.

-¡Dios mío!, señor alcalde, ya sé que somos ridículos. ¿Me permite usted defender mi causa como un abogado o, mejor dicho, como una pobre mujer? Espero que accederá a dejarnos volver a casa, y a evitarnos la vergüenza de un proceso. En tiempos, cuando yo era joven, conocí al señor Beaurain en este pueblo, un domingo. Él estaba empleado en una mercería; yo era dependienta de un almacén de confección. Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo venía a pasar aquí los domingos, de vez en cuando, con una amiga, Rose Levéque, con quien vivía en la calle Pigalle. Rose tenía un amiguito, yo no. Eso era lo que nos traía por aquí. Un sábado, él me anunció, riendo, que vendría con un camarada al día siguiente. Comprendí perfectamente lo que quería; pero respondí que era inútil. Yo era muy formal, caballero. Conque al día siguiente nos encontramos con el señor Beaurain en el ferrocarril. Tenía buen tipo en aquella época. Pero yo estaba decidida a no ceder, y no cedí.

Llegamos a Bezons. Hacía un tiempo magnífico, de esos días que hacen cosquillas en el corazón. Yo, cuando hace bueno, lo mismo ahora que entonces, entontezco, y cuando estoy en el campo pierdo la cabeza. El verdor, los pájaros que cantan, los trigos que se agitan con el viento, las golondrinas que vuelan tan rápido, el olor de la hierba, las amapolas, las margaritas, ¡todo eso me vuelve loca! ¡Es como el champán cuando una no está acostumbrada!

Así, pues, hacía un tiempo magnífico, y suave, y claro, que se metía en el cuerpo por los ojos al mirar y por la boca al respirar. ¡Rose y Simon se besaban a cada momento! Me daba no sé qué verlos. El señor Beaurain y yo caminábamos tras ellos, sin hablar. Cuando uno no se conoce, no se le ocurre nada que decir. Tenía una pinta tímida, el chico, y me gustaba verlo cohibido. Llegamos al bosquecillo. Estaba fresco como un baño, y todo el mundo se sentó en la hierba. Rose y su amigo me gastaban bromas sobre mi aspecto serio; ya comprenderá usted que yo no podía ser de otra manera. Y después volvieron a besarse sin importarles que estuviéramos allí; y después se hablaron en voz baja; y después se levantaron y se metieron entre el follaje sin decir nada. Imagínese el papel tan bobo que yo hacía, frente a aquel mozo a quien veía por primera vez. Me sentí tan confusa al verlos marcharse así que me infundieron valor; y me puse a hablar. Le pregunté qué hacía; era dependiente de una mercería, como le he dicho hace un rato. Charlamos, pues, unos instantes; eso lo envalentonó, y quiso tomarse unas libertades, pero lo puse en su lugar, estuve inflexible. ¿No es cierto, señor Beaurain?

El señor Beaurain, que se miraba los pies confuso, no respondió. Ella prosiguió:

-Entonces el chico comprendió que yo era formal, y empezó a cortejarme amablemente, como un hombre de bien. A partir de ese día regresó todos los domingos. ¡Estaba muy enamorado de mí, caballero! ¡Y yo también lo quería mucho, pero mucho! Era un guapo mozo, en tiempos.

En resumen, se casó conmigo en septiembre y pusimos un comercio en la calle de los Mártires… Fue muy duro durante años, caballero. Los negocios no marchaban; y no podíamos permitirnos partidas de campo. Y, además, habíamos perdido la costumbre. Uno tiene otras cosas en la cabeza; en el comercio, uno piensa más en la caja que en los requiebros. Envejecíamos, poco a poco, sin darnos cuenta, como gente tranquila que no piensa ya en el amor. No se añora nada mientras uno no percibe que eso le falta.

Y después, caballero, los negocios fueron mejorando, ¡y ya no tuvimos que preocuparnos por el futuro! Entonces, fíjese, no sé muy bien lo que ocurrió en mí interior, no, de veras, ¡no lo sé! El caso es que volví a soñar como una colegiala. La visión de los carritos de flores que pasan por la calle me daba ganas de llorar. El olor de las violetas venía a mi encuentro en mi sillón, detrás de la caja, ¡y hacía latir mi corazón! Entonces me levantaba y me acercaba al umbral de la puerta para mirar el azul del cielo entre los tejados. Cuando se mira el cielo en una calle, parece un río, un largo río que desciende sobre París retorciéndose; y las golondrinas pasan por él como peces. ¡Son de lo más idiotas, esas cosas, a mi edad! ¿Qué quiere usted, señor? Cuando una ha trabajado toda su vida, y llega un momento en que se da cuenta de que habría podido hacer otra cosa, entonces la echa de menos, ¡oh, sí! , la echa de menos. Imagínese que, durante veinte años, yo habría podido ir a coger besos en los bosques, como las otras, como las otras mujeres. ¡Pensaba en lo hermoso que es estar acostada bajo el follaje amando a alguien! ¡Y soñaba con eso todos los días, todas las noches! Soñaba con claros de luna sobre el agua hasta que me entraban ganas de ahogarme.

No me atrevía a hablarle de eso al señor Beaurain al principio. Sabía perfectamente que se burlaría de mí y me mandaría a vender mis hilos y mis agujas. Y además, a decir verdad, el señor Beaurain ya no me decía gran cosa; pero al mirarme al espejo comprendía también que tampoco yo decía nada a nadie. Conque me decidí, y le propuse una partida de campo en el pueblo donde nos habíamos conocido. Aceptó sin desconfianza, y llegamos aquí, esta mañana, a las nueve. Me sentí muy trastornada cuando entré en los trigales. ¡El corazón de las mujeres no envejece! Y, de veras, ya no veía a mi marido como es, ¡sino como era entonces! Se lo juro, caballero. De verdad de las buenas, estaba embriagada. Empecé a besarlo; él se quedó más extrañado que si lo hubiera querido asesinar. Me repetía: ‘Pero estás loca. Pero estás loca esta mañana. ¿Qué es lo que te ha dado?…’ Yo no lo escuchaba, sólo escuchaba a mi corazón. Y le hice entrar en el bosque… ¡Y ahí tiene!…, he dicho la verdad, señor alcalde, toda la verdad.

El alcalde era un hombre de ingenio. Se levantó, sonrió y dijo: 

-Váyase en paz, señora, y no peque más… bajo el follaje. 

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 20 de abril de 2018

Hacia rutas salvajes - Jon Krakauer


Título: Hacia rutas salvajes
Autor: Jon Krakauer

Páginas: 288

Editorial: Zeta Bolsillo

Precio: 8 euros

Año de edición: 2008


Este libro, aparecido en inglés en 1996, cuenta la historia real de ChrisMcCandless, un estadounidense de 24 años, que se internó solo, con muy poco equipo y cinco kilos de arroz en Alaska, una tierra helada e inhóspita del tamaño de cuatro Españas, buscando una vida auténtica y autosuficiente en contacto con la naturaleza.

Había regalado todo sus ahorros, había quemado el dinero que le quedaba en los bolsillos y había abandonado su coche. Estuvo comiendo de lo que cazaba y de las bayas silvestres que comía. Se instaló en un autobús abandonado que encontró, provisto de una chimenea de leña. Cuatro meses más tarde, unos cazadores encontraron su cuerpo sin vida. 

Su historia suscitó una ruidosa polémica. Para unos, era un aventurero y un idealista; para otros, un loco y un bobo sin preparación que había fallecido de la manera más tonta. Probablemente tenía algo de ambas cosas, pero vale la pena rescatar su manera de pensar y su filosofía, y por supuesto ir bien reparado si se inicia una aventura parecida.

 
Chris McCandless con su autobus

Antes de partir, Chris McCandless escribió a un amigo: «No eches raíces, no te establezcas. Cambia a menudo de lugar, lleva una vida nómada… No necesitas tener a alguien contigo para traer una nueva luz a tu vida. Está ahí fuera, sencillamente».

Sus modelos eran Jack London y David Thoreau, al comienzo de su aventura adoptó el nombre de Alex Supertramp (supervagabundo) y mal que bien fué superando todos los obstáculos que se interpusieron en su camino. Pero parece que no consiguió cazar lo suficiente o a un ritmo constante, porque abatió un alce, pero se le pudrió casi toda la carne antes de que pudiese aprovecharla. El caso es que cayó enfermo y cuando lo encontraron, llevaba dos semanas y media muerto.

Esta libro de Krakauer es un excelente reportaje de tan curiosa y triste historia. Está contada con buen pulso periodístico, aliñada con citas, con reflexiones atinadas sobre la vida en la naturaleza y permite que el lector se imagine muy bien lo que debió de ser exactamente aquella aventura.

En el 2007, el actor Sean Penn dirigió y produjo una película basada en este texto, titulada «Into The Wild» y rodada en los escenarios reales, que tuvo bastante éxito. 

Una obra excelente que hace reflexionar sobre lo artificial que es nuestra vida cotidiana, es decir en parte una versión muy modernizada del «Beatus Ille» de Fray Luis de León,  y también una advertencia sobre los riesgos que asumen, a menudo inconscientemente, muchos aventureros como Chris, o lo que es lo mismo, un «aviso de navegantes para aventureros». Un superventas de calidad, interesante, poético y delicado, que aborda temas que invitan a a reflexión. Un gran libro.

Chris McCandless, muy delgado, cerca del final
            
Jon Krakauer (Brookline, 1954) es un alpinista y escritor estadounidense, muy conocido por sus libros sobre montañismo. Hijo de un judío y de una mujer de ascendencia escandinava, su padre le introdujo en el montañismo a la tierna edad de ocho años. En la Universidad de Massachusetts compitió en tenis y se graduó en Ciencias Ambientales. Al acabar la carrera, se casó con otra gran escaladora, Linda Mariam Moore. 

Se ha pasado la vida subiendo montañas y escribiendo superventas de montañismo. En 1992 subió al Cerro Torre, en la Patagonia, por su cara occidental, una de las rutas de escalada más difíciles del mundo, y en 1996 subió el Everest para hacer un reportaje para la revista Outside, pero en el descenso murieron cuatro de sus compañeros.

Esa experiencia, junto con otros casos, le hicieron criticar en lo que se había convertido el alpinismo, un negocio lleno de gente sin escrúpulos, entusiastas ingenuos y mal preparados, millonarios caprichosos y muchas muertes producidas por imprudencia.

Como escritor, ha publicado varios libros sobre alpiismo y aventuras que se han convertido en superventas y le han hecho famoso.

Jon Krakauer

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

jueves, 19 de abril de 2018

La pirámide de fango - Andrea Camilleri


Título: La pirámide de fango
Autor: Andrea Camilleri

Páginas: 219

Editorial: Salamandra

Precio: 17 euros

Año de edición: 2018


Acaba de salir otra novela protagonizada por el inefable Comisario Montalbano, escrita por el gran Camilleri en el 2014, a los 89 años. Y tengo que decir que el viejo maestro sigue en plena forma porque esta historia tiene un excelente nivel y está en la media o por encima de la media del estándar de calidad a que nos tiene acostumbrado este hombre.

Es una estupenda novela negra, potente, divertida, sarcástica, mediterránea, lúcida, redonda, inteligente... otro producto de la factoría Camilleri con las buenas cualidades de siempre. 

En esta ocasión la mafia, la concesión de obra pública y la corrupción empapan toda la trama como un fango pegajoso que lo cubre todo. Aprendemos aquí que la cosa nostra suele hacer pasar sus crímenes por asuntos de cuernos, que un ciclista puede guiar al pelotón y también a nuestro comisario favorito, que la licitación colusoria no es una bebida y que a veces hay sueños misteriosos que parecen presagios.

El mejor Camilleri, siempre igual y siempre distinto.

Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925) es un viejo conocido en este blog. Nos encanta y hemos hablado muchas veces de él y su literatura, que tiene mucha. Así que vamos a jugar a resumirla al máximo.

Es un escritor siciliano y comunista, que se dedicó toda su vida a ser guionista y director de teatro y televisión, hasta que a los 53 años debutó con «El curso de las cosas» y a los 69, después de desmontar la maquinaria de las novelas de Simenon, publicó la primera novela del comisario Montalbano. Se ha convertido en el autor más popular en Italia, ha publicado ya un centenar de títulos y sigue escribiendo. Es un maestro.

Andrea Camilleri

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 18 de abril de 2018

Pequeño país - Gaël Faye


Título: Pequeño país
Autor: Gaël Faye

Páginas: 219

Editorial: Salamandra

Precio: 18 euros

Año de edición: 2018


Este libro fué la sensación literaria del año 2016 en Francia, ganó el Premio Goncourt des Lycéens (una especie de Premio Goncourt para jóvenes), el Premio de novela FNAC y todo el mundo hablaba de él. Se ha traducido o se está traduciendo a 29 idiomas. Un bombazo. Y sin embargo, ¡ay! es uno de los libros más duros que he leído en mi vida...y a la vez uno de los más bellos.

Gaël Faye es rapero y sabe, sabe expresarse y escribir de maravilla, con delicadeza, poesía, laconismo y la sabiduría de quien sabe contar historias. Lo malo y lo bueno es que él tiene una historia, una historia tremenda que está encerrada en estas doscientas y pico páginas, milagros de la literatura, como un monstruo terrible y hermoso, agazapado para devorar el corazón del incauto lector que lo abra. Acabo de leerlo, no me lo quito de la cabeza y me temo que voy a estar así, tocado, bastante tiempo.

Pero empecemos por el principio. El autor nació en la capital burundesa, hijo de un empresario francés y una ruandesa tutsi, y pronto aprendió que los hutus y los tutsis hablan la misma lengua, son de la misma religión, viven juntos, pero los hutus son bajos y de nariz ancha, mientras que los tutsis son altos y nunca se sabe a ciencia cierta lo que piensan. Así de fácil, ésa es toda la diferencia, no hay más.

Esta novela autobiográfica cuenta la infancia del protagonista, aproximadamente desde los diez hasta los trece años, y sostiene una gradación continua y  progresiva entre dos polos: el inicial, una infancia feliz en un país africano, jugando descalzo en la calle con sus amigos, montando en bici, atracones de mangos (mi fruta favorita), largas tardes de aburrimiento y baños furtivos, y el espantoso genocidio y guerra étnica entre hutus y tutsis, en la que murieron 800 000 personas en solo cinco años, la inmensa mayoría tutsis. Parece que desapareció el 75 % de esa etnia.

Nos parece que las guerras siempre pasan en lugares lejanos, pero ¿qué ocurre cuando la más horrible de las guerras se mete en tu casa y te golpea en la cara con toda su carga ominosa? Este libro sacude emocionalmente al lector en los últimos capítulos, una y otra vez, no con la repetición detalladas de asesinatos y salvajadas, no, no es tan fácil, sino con el testimonio de quien ha visto y vivido demasiado, y sabe cómo meternos parte de su experiencia debajo de la piel. «La infancia me ha dejado marcas con las que no sé qué hacer dice este hombre y es verdad».

Y sin embargo, os recomiendo su lectura. Es un texto brillante, poético y maravilloso, cargado de reflexiones y fogonazos clarividentes. Es difícil explicar porqué es tan bella esta novela, a pesar de lo terrible que también es. Su intensidad, su lirismo, su concisión y sensibilidad conquistan el corazón del lector, lo atrapan y lo lleven en volandas hasta el final, sin que podamos dejar de seguir leyendo. Una visita al horror de Conrad, contada en primera persona por quien vivió aquello siendo todavía un niño, en un libro deslumbrante e inolvidable.

Si os gusta la literatura tanto como a mí, tenéis que leerlo, aunque no váis a salir ilesos, os lo advierto. Un libro para valientes.

Gaël Faye (Buyumbura, 1982) es un rapero de Burundi, ganador del Premio Goncourt des Lycéens con esta novela en el 2016. Hijo de un francés y una ruandesa, tuvo que huir a los 13 años de su país debido al genocidio tutsi y la guerra civil burundesa.

Obtuvo un título universitario en Ciencias Económicas y un máster en Finanzas, pero abandonó pronto ese mundo para dedicarse a una brillante carrera como rapero. Ha ganado el Premio Internacional de música de la Académie Charles-Cros con «Pili-Pili sobre un cruasán con mantequilla».

Gäel Faye

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

martes, 17 de abril de 2018

Código de barras - Varios autores


Título: Código de barras
Autores: Varios autores

Páginas: 265

Editorial: Demipage

Precio: 19 euros

Año de edición: 2018


Cada vez me gustan más los volúmenes de cuentos sobre un tema en particular que edita Demipage por su calidad, la belleza de la edición y porque siempre consiguen sorprenderme. 

Ahora lo han hecho con este tomo que reúne veintitrés relatos escritos por reclusos, todos hombres, esperemos que dentro de poco hagan lo propio con cuentos de presas por aquello de equilibrar el asunto y darle voz a las mujeres.

Lo primero que tengo que decir es que el nivel de estos textos es fenomenal. Uno empieza a leer el libro con cierta complicidad e indulgencia y pronto queda en ridículo por lo interesante de los temas, lo bien escritos que están la mayoría y porque todo el libro está al mismo nivel que muchas de las antologías de cuentos que se publican.

Especialmente los siete primeros cuentos son estupendos, luego hay cierta irregularidad, pero se siguen encontrando relatos muy conseguidos y propuestas arriesgadas resueltas con acierto, como una variación de «La metamorfosis» de Kafka desde un punto de vista ligeramente diferente y una versión narrada de un poema de Lorca, «La casada infiel». A mí me han gustado especialmente tres textos que me parecen geniales: «Antípoda», «Empatía» y «La vida te da sorpresas». Muy buenos.

Otro prejuicio del lector que se tambalea es que uno espera encontrar más textos de tema carcelario o de los bajos fondos, sin embargo apenas es así y hay muy pocos cuentos que toquen esos temas, de manera que son casi la excepción.

Dos colectivos que trabajan para la inserción de los presos en nuestro país, Solidarios y Secretariado gitano, organizan concursos de cuentos entre los reclusos de las cárceles españolas y de ahí han salido estos textos, ue provienen todos ellos de Soto del Real excepto uno, que es de la cárcel de Navalcarnero. Vale la pena reproducir aquí la frase que le dijo el compañero de celda a un interno de esos que salen en la tele: «Quema la ropa con la que te detuvieron y has llevado en la cárcel, pero lo que escribas aquí, guárdalo para siempre, porque lo has escrito en tiempos difíciles».

Por último, cabe destacar el excelente prólogo de José Ovejero, breve y dos veces bueno.

José Ovejero (Madrid, 1958), licenciado en Geografía e Historia y escritor, ha vivido buena parte de su vida fuera de España, en Bonn y en Bruselas. Ha tocado casi todos los géneros. Conferenciante habitual, ha dirigido varios talleres de escritura creativa. Tiene una página personal muy interesante.

José Ovejero

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

lunes, 16 de abril de 2018

La tía Tula - Miguel de Unamuno


Título: La tía Tula
Autor: Miguel de Unamuno

Páginas: 176

Editorial: Alianza

Precio: 9,50 euros

Año de edición: 2012


No había leído este clásico de Unamuno, un autor al que siempre vale la pena visitar y revisitar, y me ha sorprendido por su frescura, su calidad y la profundidad de los temas que toca. Me esperaba una novela más seria y me he encontrado con una historia tremenda, una tragedia impresionante, animada por pasiones subterráneas que tiñen de significado todas  las acciones de sus personajes. Un thriller emocional y arrebatado.

Está escrita en 1921, con un lenguaje sencillo y unos diálogos lacónicos, muy teatrales, que reproducen con autenticidad el habla popular de la época y son el motor de la novela. Es la historia de una mujer fuerte, que domina una familia, cuya vida transcurre entra la virginidad, la soltería y la maternidad postiza. Una de esas solteronas que renuncia al matrimonio, sublima su sexualidad, se dedica a cuidar los hijos de otros y consigue realizar el ideal de ser una especie de madre-virgen cargada de religiosidad. 

Un caso curioso y que parece extraño, pero hace años era una figura frecuente en las familias tradicionales la de la mujer que sacrificaba su vida para dedicarse a los niños de la casa. Describe varios tipos de relaciones familiares intensas, la sororidad entre hermanas, la costumbre del levirato, que obligaba a una viuda sin hijos a casarse con un hermano de su esposo fallecido, las relaciones entre cuñados, la tensión de las pasiones contenidas...

El autor se revela en este libro como un psicólogo consumado y un escritor de primera fila, capaz de explotar al máximo temas de gran calado sobre las relaciones interpersonales. Parece ser que él pretendía escribir un homenaje a la vocación maternal desinteresada, pero su subconsciente redactó un melodrama tremendo sobre una mujer que reprime su deseo sexual por miedo a perder el control.

Como telón de fondo, se ven aquí y allá detalles que describen la España rural, atrasada, negra y tremendista de principios del siglo pasado. El acertado tratamiento, muy indirecto, del tema costumbrista es otro de los aciertos de esta obra.

Por algo es lel libro más popular y conocida del gran Unamuno, un clásico que no llega a las 200 páginas, profundo y potente, que vale la pena devorar y disfrutar como se merece. Una gran novela.

Miguel de Unamuno (1864-1936) fué un escritor y filósofo español, una de las figuras más importantes de la generación del 98, rector de la Universidad de Salamanca en tres ocasiones.

Hijo de un comerciante que hizo fortuna en México y de su sobrina, estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. Fué un alumno brillante y casi superdotado, que acabó la carrera a los 19 años. Al año siguiente se doctoró con una tesis sobre el origen del vasco que se oponía a las tesis de Sabino Arana de una lengua primigenia y no contaminada. 

Comenzó a trabajar como profesor de latín y psicología en un colegio, viajó por Europa y asistió a la inauguración de la Torre Eiffel en París.  A los 27 años consiguió una cátedra de griego en la Universidad de Salamanca y a los 30 fué nombrado rector de esa universidad. Fué un activo defensor de la república y llegó a ser diputado por el partido socialista.

Escribió novelas, ensayos, poesía, teatro y libros de viajes. Fué un pensador preocupado por el eterno conflicto entre razón y fé, y un gran novelista. También se puede decir que fué un gran epistológrafo que escribió unas tres o cuatro cartas al día durante toda su vida, lo que supone unas 50 000 misivas. ¡Qué hubiese hecho Don Miguel si hubiese existido Facebook!.

Miguel de Unamuno

Publicado por Antonio F. Rodríguez.